Terror en Umbralejo

De El Taller
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TERROR EN UMBRALEJO

Jesús Rodríguez Resino. Mayo 2006

En la oscura y tenebrosa noche de Umbralejo se vislumbra un inmenso cielo estrellado. Todos los habitantes del pueblo salimos aquella noche a contemplar la belleza de la noche. Éramos cincuenta adolescentes y unos cuantos monitores los que habitábamos el pueblo durante la primera quincena del mes de julio. Nuestra estancia en el pueblo duraría dos semanas, y en ellas deberíamos hacer lo posible por reconstruir un pueblo que llevaba abandonado desde hacía veinte años. La oscuridad del bosque aquella noche invitaba a contar historias de miedo.

Estábamos los cincuenta sentados en medio del bosque, cuando Montse, una de nuestras monitoras, nos coloco a todos frente a ella y nos mandó apagar las linternas. Nos comento que si mirábamos hacia la Osa Mayor nos podríamos imaginar un carro como los del Eroski, y que si nos fijábamos bien en la parte donde se choca el carro con las estanterías, si formábamos una línea recta en dirección noreste podríamos ver la estrella Polar, que es la que indica el norte. Y que siguiendo esa misma dirección, pero bajando más abajo podríamos ver la constelación Casiopea. Terminada la lección de astronomía, Montse nos mandó silencio, se sentó en una piedra y levantó la voz.



Capítulo Primero: La Historia de Feliciano. Madrugada del 11 de julio

Os voy a contar una historia completamente real sobre un hombre que vivió aquí en Umbralejo hace... no sé, unos cincuenta años. Murió en 1943 o 1944, no lo sé exactamente. Bueno, este hombre; Feliciano Ablanador era asturiano, del norte de Asturias, casi lindando con Cantabria. Feliciano emigró desde su tierra y se vino a este pueblo, Umbralejo. Nadie sabe porque eligió este pueblo Feliciano pues en aquella época Umbralejo era un pueblo escondido en un pinar le da Sierra de Aillón. No era un pueblo famoso que se conociese fuera de Guadalajara, como ni siquiera lo es ahora. Además, Feliciano no tenía familia en el pueblo, ni tampoco en ningún pueblo de alrededor, como puede ser Valverde o Zarzuelilla. Era cuanto menos extraño.

Feliciano era un hombre de los que en aquella época se los podría llamar pudientes. Era el hombre que más dinero tenía en el pueblo. Su casa era la más grande y la más lujosa. Era un hombre arisco y en el pueblo no le tenían demasiado aprecio. Siempre vestía con un traje de época. Con pantalones grises, viejos y rancios de trabajar en el huerto que tenía a las afueras del pueblo y que usaba como entretenimiento en la primavera. Al contrario que los demás lugareños que llevaban una boina y un chaleco, él siempre llevaba un sombrero abombado que en su tiempo debió ser de color negro, pero que con el desgaste de los años ahora era más bien grisáceo. Vestía también una camisa a cuadros y una chaqueta gris para el frío. Tenía siempre una medio barba canosa, no muy larga, la cual le daba un aspecto más autoritario. Feliciano se juntó a los cuarenta y cinco años con una moza del pueblo que tenía unos treinta. Para aquella época esas eran unas edades ya muy tardías, pero el cura del pueblo no puso impedimentos para casarlos.

El día del casamiento, todo el pueblo estaba de fiesta. Normalmente cuando en un pueblo se casaba alguien, hacían una fiesta que duraba tres días y era entonces, tras la boda, cuando los novios tenían derecho de Dios para consumar el matrimonio.

A pesar de que aquella mañana se sentía muy mal, Feliciano contrajo matrimonio con aquella moza en la iglesia del pueblo, y aquella misma tarde, Feliciano cayó en cama y falleció. Según reza en sus papeles de defunción, que los tenemos nosotros aquí en el pueblo, falleció de una bronconeumonía, que era una enfermedad bastante común en aquella época en regiones mineras como es en la que se encuentra Umbralejo. Lo más extraño de todo es que dejó como única heredera de toda su fortuna a su mujer, la cual tras el fallecimiento de Feliciano abandonó el pueblo.

Feliciano murió sin consumar el matrimonio y ahora Feliciano baga por el pueblo. No es un fantasma malo, solo se divierte encendiendo y apagando luces y abriendo y cerrando alguna puerta que otra. Si alguna vez os pasa algo de esto en el pueblo, no os preocupéis que no os va a pasar nada malo. Solo es Feliciano que tiene ganas de jugar con vosotros.

-Bueno gente, ¿qué os ha parecido la historia? Si alguien no se la cree podemos enseñarle los papeles que encontramos de Feliciano en el pueblo- dice Montse - De la mujer de Feliciano no hemos encontrado ningún papel, no se sabe nada de su familia ni de su apellido, en la ficha solo pone Carmela Ablanador, mujer de Feliciano Ablanador. Supongo que estarán escondidos en algún lugar del pueblo-

Terminada de contar la historia del fantasma de Umbralejo continuamos el paseo nocturno por el bosque, la historia era algo intrigante, pero no daba miedo, ¿quién iba a creerse que un ente deambula por Umbralejo desde hacía cincuenta años? Cuando llegamos otra vez al pueblo, nos metimos a la cama y nos dormimos hasta el día siguiente.


Capítulo Segundo: Algo Raro Pasa en Umbralejo. Mediodía del 12 de julio

Después de realizar nuestros tajos matutinos, comíamos. Y después teníamos un par de horas de tiempo libre. Ese tiempo unos, como David y yo lo aprovechábamos para dormir, y otros como Sara, lo aprovechaban para darse una ducha y relajarse.

Sara es una chica de Valladolid, tiene el pelo lleno de trenzas, ojos marrones de mirada penetrante y unos labios preciosos. En definitiva es una chica guapa.

David y yo... bueno, somos David y yo. Yo me llamo Jesús y estaba en Umbralejo, como todos los demás, pasando quince días de julio en una especie de pueblo abandonado que se utilizaba en verano como campamento para jóvenes. En definitiva, estábamos en Umbralejo para pasárnoslo bien. Pero David, Sara y yo por supuesto, no éramos los únicos. Había cincuenta chicos y chicas de toda España, entre ellos, algunas chicas de nuestro instituto que también habían venido con nosotros al pueblo: Paula, Pilar y Lorena son las que más parte toman en este relato, pero allí también estaban Leti y las dos Lauras. Todos habíamos echado las solicitudes para ir a reconstruir el pueblo, y de entre nosotros, insólitamente, todos habíamos tenido la suerte de ir a Umbralejo.

Bueno.. a lo que iba. Cuando Sara salía de la ducha, entró en la habitación una ráfaga de viento por la ventana. Se movieron las mosquiteras y se levantaron algunas sabanas. Se volcó una vela que había en la única ventana que había al fondo de la habitación.

Cuando Sara salió de la ducha, se puso el bikini para salir del baño y se tapó con una toalla. Cerró la puerta del baño y encendió la luz de la escalera para subir a la habitación. Cuando iba por el tercer escalón, la única bombilla que había en la lámpara empezó a parpadear. Mientras la bombilla parpadeaba, Sara se quedo parada mirándola fijamente. La bombilla se apagó. La habitación estaba ahora casi a oscuras, solo se podían apreciar algunas formas gracias a la luz que entraba por la pequeña ventana que estaba al otro lado de la habitación. Sara bajó los tres escalones que había subido antes y buscó el interruptor. La luz no iba, pensó en que se podía haber fundido la bombilla, y subió las escaleras hacia su cama. Cuando iba por la mitad, algo tiro de tu toalla, pensó que se había enganchado con algo porque no se veía casi nada, pero cuando se agacho a por la toalla, se le cayó la parte de arriba del bikini. Consiguió sujetarlo para que no se la cayera del todo. Acabó de subir el tramo de escaleras, y cuando puso el pie en el último escalón, la luz se volvió a encender. Sinceramente, yo en su situación hubiera corrido en busca de ayuda, pero ella le echó coraje y se sentó en su cama a escuchar música. De repente, sopló otra ráfaga de viento, y se le apagó el mp3. Fue entonces cuando Sara abandonó la habitación y vino a contárnoslo a la plaza de la hoguera.

- ¡No os vais a creer lo que me ha pasado!- Nos contó toda la historia tal y como os la acabo de contar yo a vosotros. Estaba muy tranquila. Parecía un poco asustada cuando nos lo contaba, pero desde luego no estaba aterrorizada.

Jesús.- ¡Jo! ¿Por qué no me pasan a mí estas cosas?

David.- Sí, yo creo que lo que el Faustino este quiere es consumar, porque ya que no lo hizo con la tal Carmela, querrá consumar su matrimonio con alguna de vosotras.

Sara.- No se llama Faustino, sino Feliciano. Pero no es mala explicación para lo que me ha pasado.

Capítulo Tercero: Terror en Umbralejo (primera parte). Noche del 12 de julio

Cayó la noche en Umbralejo. Los pájaros dejaron de piar y dieron paso a los mosquitos que se arremolinaban en pequeños enjambres cerca de las pocas farolas que tenía el pueblo. Todos estábamos extrañados de la historia que Sara nos había contado. Nuestras caras, ahora reflejaban una cierta inquietud ante la hipótesis de que un fantasma pudiese estar deambulando entre nosotros. Cenamos esa noche una ensaladilla rusa y unos filetes de pollo sin ketchup. Después de cenar nos reunimos en torno a la hoguera y mientras esperábamos a que los monitores nos dijeran cual iba a ser la actividad para aquella noche, comenzamos una espesa conversación sobre lo que había ocurrido. Pelayo, un chaval de Asturias que estaba bastante loco y que siempre iba con una guitarra a todos lados, se unió también a la conversación.

Sara.- ¡yo no soy una cagada, le eché cojones y me senté en la cama a escuchar el mp3, pero el cabrón de Feliciano me lo apago! ¡Y luego lo he mirado esta mañana y las pilas estaban por más de la mitad!

Jesús.- ¡Joder! ¿Por qué a mi no me pasan esas cosas? Yo quiero que Feliciano me asuste por las noches. Esas cosas solo le pasan a las chicas ¿o qué?

David.- ¡Es verdad! Así si viene por la noche tenemos excusa para estar despiertos.

Pelayo.- Sino esta noche voyme a la casa pequeña y disfrazome de Feliciano. Así asustamos a las chicas.

Lorena.- ¡Bueno, bueno! Es que como alguien me asuste por la noche se lleva una ostia que no puede con ella.

Los monitores llegaron a la hoguera y nos callamos. Nos llevaron al salón de actos e hicimos una especie de baile de pueblo. Estuvo entretenido. Cuando termino nos fuimos todos a las casas. Era mas de media noche, pero hasta la una y media no teníamos que estar metidos en la cama, así que como teníamos casi una hora hasta que nos fuésemos a la cama, David y yo nos fuimos a dar una vuelta por las demás habitaciones.

La casa Pequeña, es una casa pequeña en el más estricto sentido de la palabra. Tiene en la parte de abajo una sala con un futbolín, un par de mesas y un baño. En la segunda planta tiene cuatro habitaciones. Tres de ellas de cuatro personas y una de tres pero que solo dormían dos; Lorena, de Alcorcón, de pelo castaño claro,a mi parecer es bastante excéntrica y Mº José, una andaluza que tenía bastante mala leche. Las de cuatro personas eran dos de chicas y una de chicos. En la de chicos dormíamos: José, que era sevillano y dormía arriba en la litera de la izquierda; el piragüista, al que llamábamos piragüista precisamente porque lo era, dormía debajo de José y era muy callado; David, al que ya conocéis dormía debajo de mi litera; y yo, que dormía encima. En las de chicas dormían en la primera litera: Paula, de Alcorcón, morena y bastante inteligente; Camino, también era de Alcorcón, pero no era de nuestro instituto, es decir que no la conocíamos. Y en la litera de al lado Estefanía e Irene, dos chicas bastante poco habladoras.

Y en la otra dormían: Marta, de Valladolid. La verdad era una chica bastante guapa pero un poco ligerilla de cascos; dormían también: Pilar, de Alcorcón, de pelo castaño claro y también bastante guapa; MºJosé, de Sevilla, era contorsionista o algo así; y Marisa, de Vallecas, la cual se hizo bastante amiga de Lorena. Esos éramos los habitantes de la casa pequeña.

Dieron la una y media y puntual como un reloj a la una y treinta y cinco Mari Luz entro al umbral de la puerta, dio un golpe y dijo - ¡Venga, vamos, todo el mundo a la cama que mañana hay que madrugar! - Como es natural, la dijimos - Sí Mari Luz, no te preocupes, ahora vamos ¡qué nos estamos lavando los dientes! :P - Y nos quedamos en las habitaciones de las chicas hablando con ellas. Pasaron como unos veinte minutos cuando entró un soplo de viento por la ventana de la habitación III de las chicas. David y yo ya salíamos de la habitación porque Mari Luz siempre se pasaba una segunda vez para comprobar si estábamos dormidos, así que nos íbamos a nuestra cama para que nos viese y no volviera más a la habitación. Era para que pensase que estábamos dormidos. Cuando estábamos saliendo de la habitación, pisamos la tarima del suelo, y esta crujía mucho. Así que salimos lenta y cautelosamente para no hacer mucho ruido. Nadie estaba dormido, pero éramos nosotros dos los únicos que todavía vagabundeábamos por los pasillos. El silencio inundaba la casa, solo se oían los muelles de alguna litera, de alguien que estaba dando vueltas en la cama. De repente y como de la nada se empezaron a oír pasos. Pasos fuertes, como si los diesen sobre algo duro. Se oía a alguien subir por unas escaleras de piedra, con unos pasos atronadores. Las escaleras eran de madera y normalmente sonaban huecas y chirriantes con solo apoyarte, pero aquellos eran unos pasos fuertes sobre piedra.

De repente se oye un murmullo, con una voz fuerte, cruel y feroz... ronca. El eco de esa voz retumbó por toda la casa. Solo dijo un par de frases, y la única palabra que alcanzamos a oír fue: no sé que, chicas. Al principio, la verdad no le dimos ninguna importancia porque pensamos que había sido José el que lo había dicho, pero al oírla nos fuimos directos a nuestra habitación y le preguntamos a José que si había sido él el que había hablado.

Jesús.- José, ¿Has sido tú el que ha hablado?

José.- No quillo, yo pensé que habíais sido vosotros.

David.- Bueno, pero entontes ¿tu también lo has oído?

José.- Claro que lo he oído, ha dicho algo de..

Jesús.- Algo de no sé que... CHICAS.

David.- ¡A que sí!

José.- Yo no le he dado importancia porque pensé que erais vosotros.

Jesús.- Y nosotros que eras tú.

De repente se vuelven a escuchar los pasos otra vez. David y yo ya habíamos tirado los colchones al suelo, porque si no el ruido de los muelles no te dejaba dormir. El caso es que ya estábamos los dos tirados en el suelo, con los colchones el uno al lado del otro cuando los pasos se empezaron a oír mas fuertemente. También se oía desde hacia ya algunos días un ruido en las paredes. Era como un rascamiento continuo, sonaba como si alguien rascase las paredes por fuera, pero no podía ser un animal solo porque era demasiado amplio para una sola garra.

El caso es que ese rascamiento al que antes no le habíamos dado importancia, porque lo atribuíamos a algún nido de avispas que podría haber en alguna viga, estaba ahora atormentándonos. Los pasos en la escalera se oían cada vez más fuertemente. Pam, Pam, Pam... y el rascamiento de las paredes se metía en nuestros oídos como un taladro. El miedo era palpable, se podía cortar la tensión del ambiente con un cuchillo. Los pasos se calmaron y solo quedó el rascamiento de las paredes. Encendí mi linterna y me incorpore. Estábamos realmente cagados.

José se quería dormir así que me comí un par de galletas y apague la linterna. David y yo seguimos un rato hablando de los pasos. No nos reíamos. Normalmente nos lo tomamos todo a broma, pero con aquello no bromeábamos. Pensado fríamente habíamos oído a un fantasma, a un autentico fantasma. Solo la idea ya acojonaba. De repente se oyeron de nuevo pasos y una puerta de cerró, los pasos se acercaban hacia nosotros. Esta vez los pasos eran mas rápidos y sonaban menos, ahora sonaban a madera chirriante. Los pasos se oían ya subir por la escalera... de repente se calmaron. La habitación estaba a oscuras. Todas las ventanas estaban cerradas. Se oía el rascamiento en las paredes. -David, tengo miedo- dije. -Hay poca luz, abre una persiana- me dijo David. Me levante del colchón que estaba tirado, cogí la linterna que estaba encendida encima de la cama. Me acerque a la ventana y la abrí, soplaba un aire fresco. De repente oí un alarido de terror de David, me di la vuelta y alumbré con la linterna al pasillo. En la oscuridad distinguí a una forma blanca, grite con todas mis fuerzas y di un salto para atrás. El corazón de latía a cien por hora. Se encendió la luz.

-¡Pero que hacéis a estas horas! Os estáis buscando la roja directa y la expulsión de Umbralejo- era Mari Luz con su bata blanca, la monitora nocturna responsable de que estuviésemos durmiendo a la hora, pero por un momento me llevé el susto de mi vida. -Mari Luz, Mari Luz!!! Que hemos oído voces y pasos, y vemos sombras y se oye un rascamiento en las paredes...- le contamos toda la historia. Al terminar de contársela se fue. Nos dejo la luz del pasillo de abajo encendida para que no pasásemos miedo, todo un detalle por su parte, por cierto. Pero David y yo estábamos muertos de miedo. José ya estaba dormido. Nosotros nos metimos en los sacos, hablamos un poco y al rato también nos dormimos.

Algo raro había pasado allí, estaba claro que los primeros pasos no eran de Mari Luz, y menos la voz ronca. ¿Y de donde venía ese rascamiento? Todo eran incógnitas por resolver.



Capítulo Cuarto: Terror en Umbralejo (segunda parte). Noche del 12 de Julio

Esta parte ocurrió en la habitación de las chicas y la rescribo tal y como me la contaron en su día, ya que aunque yo no estuve allí, la historia es de total importancia. Las protagonistas de la historia son principalmente Paula y Camino. Dos chicas que vivían en la habitación de la casa pequeña, que estaba enfrente del cuadro de calderas. Las dos son chicas muy guapas, y mi hipótesis es que ya que Feliciano no puedo consumar su matrimonio con su mujer Carmela, lo que quiere es consumar con alguna chica más joven que él, y supongo que cuando lo consiga desaparecerá el pueblo. Pero claro, solo es mi hipótesis.

Para entrar en situación, solo decir que la historia comienza en el baño, el martes 12 por la noche cuando ya era casi hora de irse a la cama, y las chicas se iban ya a meter en la cama. Estaban Lorena, Mº José y Marisa en el baño lavándose los dientes.

Lorena.- ¿Sabes? He visto hoy un bicho en mi habitación que tenía alas y todo ¡eh, tía! Pero que era negro, y como mi dedo de grande.

MºJosé.- ¡Es verdad! Que yo estaba con ella. Yo creo que era una cucaracha pero con alas.

Marisa.- ghe nh gha guahaghas gon ahas... (escupe) ¡Qué no hay cucarachas con alas!

De repente la ventanita que hay encima del espejo del baño se abre, y entra un aire fuerte y frió. Además, el viento sonó como un silbato al pasar por la ventana.

-¡Habrá sido el viento!- dijo Lorena. De repente se cayó el bote con los cepillos de dientes, Lorena se agachó a recogerlo, giró la cabeza y vio una sombra que salía del baño reflejada en el pasillo.- ¡Ahhhh!- gritó. Las demás la miraron. Era extraño. Le explico todo a las demás y se fueron a la habitación de Paula y Camino a contárselo a ellas también.

<Toc, Toc>> Llaman a la puerta. Estaban ahí las tres: Lorena, MºJosé y Marisa. No esperaron a que las abrieran la puerta y entraron. Descubrieron a Paula y a Camino sentadas en la cama doblando las camisetas. Las tres entraron hasta el fondo de la habitación y se sentaron en la litera de arriba. Debajo estaban ellas doblando las camisetas, Irene y Estefanía estaban en la otra litera leyendo y escuchando música.

-Tenemos que contaros una cosa bastante inquietante que nos acaba de pasar a las tres en el baño- dijeron, y a continuación les contaron a Paula y a Camino lo que las había ocurrido en el baño. - ¡Estáis tontas, estáis tontas! Que habrá sido otra cosa. ¡Por favor! ¿Cómo os podéis pensar que hay un fantasma?- dijo Paula.

El caso es que aunque Paula y Camino no le dieron demasiado crédito a la historia de las chicas, las tres se quedaron bastante rato sentadas en la litera, con la mirada fija en un punto, sin decir ni una palabra. Cuando se fueron, Paula y Camino se sentaron en el suelo a comerse unos agujeros de filipinos y a hablar. Las otras dos compañeras de habitación ya estaban metidas en sus camas, así que apagaron la luz y encendieron una de sus linternas.

Estando sentadas cuando escucharon un crujido de las tablas del pasillo. Se levantaron y Paula fue hacia la puerta. La abrió y al no ver nada, las dos se volvieron a sentar en el suelo. Camino apagó su linterna y aún así la habitación no estaba completamente a oscuras. Entraba algo de luz por la pequeña ventana que daba al jardín. Estaba abierta.

Abrieron de nuevo el bote de galletas, y Camino cogió una. Repentinamente la ventana que estaba medio entornada se abrió del todo debido a un inesperado golpe de viento. El bote de galletas se volcó en el suelo de la habitación, y las pequeñas galletas de chocolate, que eran redondas y del tamaño de una canica, salieron disparadas y se metieron debajo de la cama. Las dos se pusieron a recogerlas. Cuando ya las tenían casi todas dentro del bote, Camino sintió un escalofrío que la recorrió todo el cuerpo. Se apoyó en la cama porque se sentía mareada y de repente, algo la agarro de la pierna. Una mano fosca, tétrica, mortuoria, macabra... La mano se deslizaba por su pantorrilla, hasta que consiguió atrapar un pedazo de su pantalón, lo agarró con todas sus fuerzas y la arrastro medio cuerpo debajo de la cama. Al verlo, Paula se quedó impertérrita y cariacontecida, pero reaccionó y agarró a Camino de los brazos, y de un solo tirón consiguió sacarla de debajo de la cama. Irene se bajó de su litera y encendió la luz. Miraron debajo de la cama, pero no había nada.

Las dos temblaban de terror, e Irene en vez de intentar consolarlas, se metió en su saco de dormir y se puso el discman. Paula y Camino, se metieron las dos en la misma cama, y se arroparon con sus sacos. Sería muy difícil conseguir dormirse esa noche.

Al rato, Mari Luz pasó por delante de su habitación, abrió un poco la puerta, y al no escuchar ningún ruido continuó con su ruta.

Estaban las dos metidas en la litera de abajo. Las lamas del somier chirriaban cada vez que se movían. Eran las tres de la mañana y todavía no habían podido cerrar los ojos. Camino se apoyaba en la pared para dejar más espacio a Paula, que estaba en el borde de la cama. Hacía mucho calor para estar arropadas del todo con los sacos. Paula se destapo un poco y Camino se bajó el saco hasta la cintura. La ventana estaba entreabierta, y a cada sombra que veían, pegaban un bote y se asustaban. Entraba un poco de luz por la ventana, gracias a una farola que estaba colgada de la casa de enfrente, que era donde dormían algunos de los monitores. La poca luz que entraba formaba sombras extrañas dentro de la habitación, y claro... en esa situación, cualquier pequeña sombra extraña era digna de ser sospechosa.

Desde la cama estaba Paula mirando por la ventana cuando de repente se apagó la luz de la farola de afuera, y la habitación se quedó completamente a oscuras. Camino se había dormido, pero Paula la despertó. Eran las tres y media de la madrugada. Paula cogió la linterna que tenía debajo de la almohada y la encendió. Justo cuando la encendió, se la empezó a escurrir el saco. La linterna se apagó misteriosamente y cuando el saco ya asomaba unos cuarenta centímetros por debajo de la cama, algo agarró el saco con fuerza y dio tres fuertes tirones hacia abajo hasta quitarle el saco por completo.

Paula se incorporó y llamo a Camino. Las dos se bajaron de la cama, encendieron la luz y miraron debajo de la cama. Pero no había nada, salvo unos calcetines usados y algunas galletas que se habían caído antes. Se metieron a la cama e intentaron dormir.



Capítulo Quinto: Yo No Creo en Fantasmas. Miércoles 13 de julio

A las ocho y media nos despertaron con la radio, como todas las mañanas. Salí de la habitación arrastrando los pies hacia la puerta del baño, cuando me salió al paso Paula, un poco renqueante y con una cara similar a la que deben tener los zombis después de pasar una mala noche. Y era normal. La noche había sido de las peores que habíamos pasado en mucho tiempo. Cuando nos estábamos lavando los dientes en el baño, Paula nos contó a los chicos lo que les había pasado aquella noche. En ese momento algunas de las chicas entraron en el baño. Pusieron su tubo de pasta de dientes encima del lavabo y se cruzaron de brazos a escuchar lo que Paula contaba.

Algunas chicas también decían que habían oído una extraña voz por la noche, pero que pensaron que habíamos podido ser cualquiera de nosotros. Dirigí la mirada hacia David, esperando a que él comenzase a contar nuestra historia, pero como no empezaba, no me quedó más remedio que contarles nuestra parte. Al terminar de contarla, las chicas de la otra habitación, a las que no las había ocurrido nada se quedaron impávidas. Dieron media vuelta y sin decir nada salieron del baño y se alejaron de nosotros como si lo hicieran para no volver nunca.

El rumor no tardó en extenderse y antes de las nueve y media, hora en la que teníamos que estar en los tajos, más de uno se nos había acercado para mofarse de nuestra historia o para que se la volviésemos a contar desde el principio. Jonás se acercó a David y a mí y nos dijo que si esa noche se podría quedar a dormir en nuestra habitación para ver si era verdad aquello de Feliciano. En aquel momento me latió el corazón fuertemente, tan fuerte que era incapaz de oír la voz de Jonás y solo me escuchaba el corazón. Me di media vuelta y los dejé hablando solos. Me apoye en una pared de piedra que separaba un huerto de otro y fue entonces cuando oí un grito –Ooooo...– ¿sería el viento? No, no. Por encima de aquel aullido que corría vertiginosamente entre las vetustas piedras, había otro –Ooooo- que salía de una garganta humana, ¿o no? El caso es que no era un simple grito; decía algo, articulaba alguna palabra acabada en oooo. Todos lo oímos, nadie podía negar no haberlo oído porque era un grito que sobrevoló por encima de nuestro murmullo mañanero. Algunos subieron la calle y echaron un vistazo en busca de algo, pero no encontraron nada.

Me acerqué a David y a Jonás que estaban ahora parados el uno al lado del otro sin decir nada. –¡Ves Jonás! No nos estamos inventando nada. Aquí pasa algo bastante raro. –Si esta noche oímos algo, bajamos corriendo a ver quien es. –Entonces sí que esta noche me voy a dormir con vosotros.

A mediodía tocaba sopa y pescado. Así que terminé bastante pronto de comer, y me puse a recoger las mesas. Ese día me tocaba a mí recoger el comedor, junto con Laura y Clara, otra chica de Valencia. Ya había recogido algunos manteles y cestas de pan cuando el cocinero me dijo que le acompañase. Me llevó hasta una sala donde tenía una pila y un lavavajillas, y me dijo que según fuesen saliendo los platos y los vasos del lavavajillas, que los fuese llevando hasta su armario. Mientras que las chicas estaban colocando los platos para la cena, a mi me toco ir colocando los platos que iban saliendo del lavavajillas. Cuando salían los platos, estaban ardiendo, así que para hacerlo más rápido y no quemarme tanto, los cogía rápidamente y los amontonaba encima de una mesa, y luego cuando ya estaban fríos los colocaba según fuesen hondos o llanos. Cuando acabé, ya había pasado tres cuartos de hora desde que acabamos de comer, y el cocinero nos dejo irnos.

Él se quedó todavía fregando algunas cacerolas. Subí las escaleras que llevaban a las casas con Laura y con Clara, y cuando llegué a mi casa me di un cuarto de vuelta y sin decirlas nada me metí por la puerta y subí hasta mi habitación. Estaba la puerta cerrada, y supuse que habría alguien durmiendo. Me alegré, porque pensé que podría echarme una siesta, pero cuando abrí la puerta descubrí que la habitación estaba llena de gente.

Pelayo estaba con una guitarra en la mano y el piragüista escribiendo algo, los dos en el suelo. También en el suelo había algunas chicas sentadas. Jonás estaba tumbado en la litera de arriba, posiblemente durmiendo, y Rubén estaba también tumbado en la litera de abajo. David estaba sentado en su cama, y mi litera estaba llena de cosas pero nadie estaba sentada en ella. Me tumbé y me entraron ganas de mear.

Me levanté y me fui hasta el baño. La puerta estaba cerrada y la luz encendida. Supuse que había alguien en el baño, pero aún así llamé a la puerta. Nadie contestaba.

Puse la mano en el pomo de la puerta y lo giré, pero la puerta no se abría. Volví a preguntar quién había en el baño y nadie contestó. Me fui a la habitación, y les dije a los demás si sabían quien podía estar en el baño, porque nadie contestaba. Jonás levantó la cabeza y dijo que el había estado hacía una hora y que también estaba cerrado y con la luz encendida. Yo pensé que le podría haber pasado algo a alguien dentro del baño y que por eso no contestaba.

Volví a intentar llamar a la puerta y no contestaban. Apreté bien el pomo y lo intente girar, pero no giraba. Mientras que lo intentaba David, me intenté subir a una ventana que estaba en lo alto y que daba al aseo, para ver si había alguien. Jonás también intentó abrir la puerta sin éxito. Entonces, asomé la cabeza por la ventana, y sin darme tiempo a ver nada, Rubén puso la mano en el pomo, la rozó suavemente y la puerta se abrió.

Dentro no había nada ni nadie, salvo un trozo de papel higiénico tirado en el suelo. Contuve el aliento, seguro de que en breve, algún tipo de fantasma o de monstruo caería sobre nosotros. Pero no pasó nada. Nos volvimos a la habitación, me tumbé en la cama y me dormí hasta las cinco y media.

Bajamos todos a las cinco y media para ir a los talleres. Como las casas estaban hechas para los antiguos habitantes del pueblo, las bajadas de las escaleras, eran muy bajas y en la parte más alta, para evitar que nos diésemos golpes ponía en rojo: OJO, y tenía unos triangulitos rojos señalizando la zona donde te podías romper los cuernos. Íbamos todos en una hilera, yo llevaba los cordones desatados. Me agache a atármelos, y los que iban detrás mía se esperaron a que me los atase. Cuando levanté la vista, me pareció que en lo alto veía uno de esos indicadores de “cuidado, techo no apto para altos” que había dejado se serlo. Me incorporé con las articulaciones aún renqueantes de la siesta y me acerqué a tocarlo. ¡Y era cierto! alguien o algo había arañado la palabra ojo que estaba escrita en la pared ya casi no se veía. Deduje que esa podría ser la causa del rascamiento que se oía por las noches y llamé a David para enseñárselo. La casa se quedó vacía y solo nos quedamos David y yo tocando los arañazos que había en la pared. Estábamos paralizados. A David una gota de sudor le recorrió la frente. Decidí que lo mejor sería volver con el grupo.



Capítulo Sexto: El Desenlace. Noche del 13 de julio

Por la noche, se trasladaron a nuestra habitación a dormir cuatro personas más. Además de Jonás también se vinieron Rubén y un par de chicas de la casa Veleta, que estaba al lado de la casa pequeña. A la una y media de la madrigada, llegó Mari Luz puntual como de costumbre. Estaba prohibido cambiarse de cama, así que tuvimos que ingeniárnoslas para que no se enterase. Jonás se escondió detrás de un armario, Rubén se metió debajo de una cama y las dos chicas se metieron dentro de un saco en la cama del piragüista, que se había ido a dormir a la casa Grande.

José, David y yo estábamos en nuestras camas. Oímos a la vieja entrar a la casa, y cada uno nos metimos en nuestros respectivos sitios. Cuando estaba ya la vieja subiendo por las escaleras, saqué el spray antimosquitos, abrí un poco la puerta y lo eché alrededor del marco.

-Vieja, muere vieja!!!- <<Flu, Flu, Flu>> La habitación apestaba. Mari luz iba ha hacer su aparición en breve por que ya se la oía muy de cerca. Así que cogí el spray y lo eche debajo de la cama donde estaba Rubén. <<Flu, Flu, Flu>> -Ahh! Cabrón no me eches de eso que apesta- dijo Rubén -JaJaJaJa!!! La vieja abrió la puerta, encendió la luz, y nos miro a los que estábamos en las camas. -Jesús, José, David... ¿y quién es el otro? -¿Quién? El que está dentro del saco. Ese es el piragüista que siempre se duerme muy pronto. -No, No!!..... Ahh! Si, ya se quien és. Bueno, por casualidad no habréis visto a las señoritas Romero. -¿Quiénes? -Dos chicas de la casa Veleta que no estaban en su habitación. Si las veis decirlas que se van a ganar una tarjetita amarilla.

Nada más salir la vieja, Rubén asomo la cabeza y dijo: -¡qué me ahogo! Me reí, y me mandaron callar por que la vieja todavía podría estar cerca. Rubén se salió de debajo de la cama y se asomo a la ventana, vio a Mari Luz que se iba a la casa grande, y entonces las dos chicas se fueron a su casa porque decían que la vieja las iba a poner un buen castigo si a la segunda vez que pasase por su habitación no las veía.

Cuando ya se habían ido, fuimos a llamar a las chicas de las demás habitaciones. En unos minutos en nuestra habitación éramos once : Paula, Camino, Pilar, Marta, Mº José, Irene, José, Jonás, Rubén, David y yo. Nos pusimos todos en los colchones que había en el suelo, y nos pusimos a jugar. Se oía el rascamiento de fondo, pero yo creo que con tanta gente Feliciano no quería aparecer. Estuvimos durante algo más de tres cuartos de hora jugando. David vigilaba por la ventana por si la vieja se acercaba, y Pilar tenía la puerta abierta por si la venía venir. Jonás tenía el pensamiento de que algo iba a pasar aquella noche, pero no pasó nada. No se oía nada paranormal, salvo el rascamiento de las paredes. De repente, saltó pilar de su sitio y dijo: -¡Qué viene la vieja!¡Agua! ¡Agua!

Todos corrimos a escondernos como buenamente pudimos. Jonás y Rubén se metieron en la cama y se arroparon con los sacos, Camino se escondió detrás del armario, y a los demás solo les dio tiempo a moverse un poco de sitio antes de que Mari Luz entrase por la puerta y dijese: -¡Pan y vino! ¡Pan y vino! En ese momento no pude aguantarme una carcajada. -¡Qué bonito! Bueno por quien empiezo. A ver tú, ¿nombre? Sacó su libreta y a todos a los que vio los apuntó en su libreta: empezando por Pilar, siguió con Paula, Marta, Mº José e Irene. Después se acercó un poco más y miro a Rubén. -¡A ver, usted!- Rubén levanto la cabeza y la vieja se rió con risa malévola. –¡Hombre, cómo no! Mi compañero de escapadas nocturnas. Ya es la segunda vez. -No, la otra vez venía del aseo. -Bueno es igual, cálcese y vallase para su casa. Mari Luz salió de la habitación y dijo –Vosotros cuatro, ¡A dormir!

No se dio cuenta de que Camino todavía estaba metida detrás del armario y que Jonás estaba en la cama. Nada más salir la vieja, no nos pudimos contener y nos echamos los cinco a reír.

Fue entonces cuando de un golpe de aire se abrió una ventana y se volcó uno de los paquetes de galletas que teníamos en el alfeizar de la ventana para que no se derritieran. Empezó a soplar un viento fuerte helado que nos cortaba las mejillas como la afilada garra de un felino, que nos pinchaba en los ojos como si nos acribillaran agujas invisibles. Era un viento impropio del verano. Pero no era del todo extraño, ya que estábamos a unos 1800 metros de altitud y la ventana daba hacia el norte.

Aún así me levante a cerrarla y cuando me di la vuelta Mari Luz volvía a estar allí. Afortunadamente Camino no había salido todavía de su escondrijo y Jonás seguía arropado hasta la frente con el saco. Verla allí, vestida con su bata blanca y con aquellas colosales y deslucidas gafas hizo que sintiese pánico por un momento. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, pero esta vez, aunque sentí deseos irrefrenables de hacerlo, no grité. Mari luz encendió la luz, y alcancé a ver que su mano era diferente. La verdad es que nunca me había fijado muy bien en las manos de Mari Luz, pero aquellas no parecían manos humanas. Eran unas manos peludas, con unas uñas largas y escabrosas. Gotas de sangre la recorrían los dedos índice y corazón. Ella entró con paso firme hasta la mitad de la habitación. Se colocó delante de nosotros, y sin decir ni una palabra se derrumbó en el suelo.

Tenía en la espalda clavada una estaca, y su bata estaba impregnada completamente de sangre. En aquel momento se escucho un fuerte estruendo provinente de alguna de las habitaciones.

Siendo fieles a la promesa que habíamos hecho esa misma mañana, salimos corriendo a ver que podía haber pasado. Vimos que en la habitación de enfrente se vislumbraba un resplandor verde que nos indicaba que allí estaba pasando algo. Cruzamos lentamente el pasillo, y por un momento en aquella casa se redujeron notablemente las emisiones de CO2. porque nos quedamos sin respirar, alarmados ante la posibilidad de que nos podríamos encontrar de frente con el autentico Feliciano. La simple idea de que posiblemente las chicas pudiesen estar en peligro me escalofriaba. Pero no fue eso lo que nos impulsó a entrar a la habitación, sino que se escucho un escabroso grito que retumbo por todas las paredes de la casa. El grito de aquella chica hizo que todos nos apresurásemos a entrar rápidamente a la habitación. Al entrar, descubrimos las ventanas abiertas de par en par y la habitación había tomado un tono verde fosforescente que inundaba la habitación y la hacía más tétrica de lo que ya podía ser.

Subida en una litera, de pié estaban las cuatro chicas de la habitación. Con los brazos extendidos y con las miradas perdidas, las caras las tenían irradiadas de un color azulado. Los labios los tenían morados y los pijamas estaban resquebrajados. Nos quedamos mirándolas fijamente, asustados como en nuestra vida. David y yo nos subimos a la litera y las fuimos bajando de una en una. Las lágrimas me recorrían las mejillas al ver a las cuatro chicas tumbadas en el suelo. Aún respiraban, Camino fue a llamar a las demás chicas de la casa. Paula se abrazó a Camino y empezaron a llorar. Entonces, Jonás interrumpió sus llantos y, valeroso como nunca antes, se aclaro la voz y dijo en voz alta y clara, con un tono tan esforzado que se nos pusieron los pelos de punta: Falta Lorena, en su cama no está.

Todos sabíamos que Lorena por las noches siempre se iba a dormir con Marisa a esa misma habitación, pero allí no estaba. Ni allí ni en ningún sitio. Era lo único que nos faltaba, teníamos a nuestra monitora muerta en la habitación y a cuatro chicas que estaban petrificadas, congeladas, entumecidas o inconscientes... o algo, y encima no sabíamos donde estaba Lorena. Pensamos en ir a avisar a los demás monitores, pero cuando ya salían unos cuantos para ir a buscarlos, el techo se empezó a desquebrajar por la mitad de la habitación.

El ruido era ensordecedor, los cascotes empezaron a caer sobre nuestras cabezas, y entonces corrimos a resguardar los cuerpos aún con vida de Pilar, Marta, Marisa y MªJosé.


Cuando el agujero que se había formado era ya lo bastante grande, como del tamaño de un armario, aparecieron sobrevolando sobre nosotros las figuras resplandecientes de dos personas. Estaban demasiado altas para saber quienes eran, pero a medida que se fueron acercando se iban distinguiendo algunos rasgos tétricos de sus tenebrosas caras. El de la derecha era un hombre con traje de época, de cara funesta y fúnebre. Iban ambos cogidos de la mano. La otra era una chica, y lo primero que pensamos es que podría ser la mujer de Feliciano. Llevaba puesto un vestido blanco de novia, muy viejo y haraposo. Tenía todo el bajo del vestido manchado de barro. Sus manos estaban viejas y arrugadas y aunque tuviese el pelo corto, le ondeaba castaño al viento.


Todas las chicas sin excepción estaban llorando, José y yo estábamos delante y David y Jonás estaban también a nuestro lado. Jonás había cogido una fregona y la empuñaba con fuerza. Los dos cuerpos celestes descendieron lentamente hasta el suelo de la habitación. Fue ahí cuando pudimos distinguir las caras de los dos, la del hombre era una cara arrugada y vieja. Sus ojos eran completamente negros y estaban inyectados en sangre. La cara de la chica estaba cubierta por un velo blanco que la llegaba casi hasta la barbilla. Cuando se levantó el velo, descubrimos desdichadamente la cara de Lorena. Estaba completamente pálida, tenía los labios morados y cortados, y sus ojos que normalmente eran marrones, eran ahora de un azul brillante con una pupila de color blanco que se movía incesantemente para todos los lados.

A Camino le flaquearon las piernas y se derrumbo encima de las demás chicas, Jonás empuño la fregona y se adelantó un paso. Paula y las demás chicas se fueron de la casa, supusimos que a llamar a los monitores. Entonces, a Lorena se le dibujó una sonrisa en la cara y dijo: -¡Soy la elegida!-

Levanto el vuelo y como dos ángeles salieron flotando por donde habían entrado. Justo cuando salían por el agujero, una aureola de luz blanca les rodeo y de repente todos caímos redondos en el suelo.

Nos despertamos a la mañana siguiente en el hospital de Sigüenza. Nos pusieron a todos en habitaciones contiguas para que estuviésemos juntos cuando nos despertásemos. Cuando me desperté vi a David, a José y a Jonás tumbados en las camas que estaban en esa habitación del hospital. Lo primero que hice al levantarme de la cama fue salir corriendo a preguntar por los demás. Una enfermera me llevó a la habitación de al lado y me enseño a Pilar, Marta, MªJosé y Marisa, y me dijo que estaban en coma, pero que pronto se despertarían. También estaba Camino que ya había despertado, me acerqué y la di un beso en la mejilla. -¿Qué tal estas? -Bien, bastante mejor que ellas. -¡Ya! ¿Sabes algo de los demás? -Sí, paula y las demás se salvaron gracias a que fueron a llamar a los monitores. Mari Luz esta muerta y Lorena ha desaparecido. Les he contado lo que paso, pero no me han creído. Espero que cuando se lo contéis vosotros nos crean. -¡Ay! Pobre Lorena... Feliciano quería consumar y al final lo ha hecho. Ha conseguido hacer con Lorena lo que ya intentó con Paula y contigo y que no consiguió. -Lo sé, créeme que lo sé.

Una lágrima me escurrió por la mejilla, y me abrace a Camino. Llegaron en ese momento los demás chicos y todos nos sentamos alrededor de las camas de las chicas, aguardando con toda nuestra esperanza a que se despertasen pronto, para que aquella pesadilla por fin terminase.


FIN


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